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LA PERDIZ ROJA 0 Comentarios. Miercoles, 08 d Noviembre d 2006 por Javier Stanbrok en opinión

LA PEDIZ ROJA

Puede que ustedes se pregunten cómo es posible que podamos hablar de “La Perdiz Roja” habiendo como hay cosas más importantes. El mundo del taxi, los ligones de playa, por ejemplo. Pero es que, aunque no se lo crean, han sido cientos, miles de perros de caza los que me han parado por la calle para hacerme la misma pregunta: “¿Pero qué pasa con la perdiz roja?”
Sobra decir que la perdiz roja es la reina de las especies cinegéticas de la caza menor en España. Y que es roja. Cosa que la perdiz amarilla (aun siendo de la misma familia) no puede decir.
Antes de pasar a explicarles qué ocurre hoy con la perdiz roja me gustaría que supiesen algo básico de la perdiz roja. Su nombre científico es “alectoris rufa”. Vive principalmente en Andalucía y en el verano pasa unos meses en ambas Castillas: la una y la otra. Por Madrid no se acerca ya que le da pavor tanto coche y tanto hijo de puta. Habrá quién se pregunte: “Y Extremadura, ¿acaso no es Extremadura una área de dispersión de la perdiz roja?” Pues sí.
El valor gastronómico de la perdiz roja es innegable, pero guisada. Quiero decir, una vez abatida la perdiz; por si sola, con plumas, piel y tierra no tiene quién le hinque el diente. La perdiz roja adquiere su evidente atractivo gastronómico (en esto la verde es igual) cuando se guisa con arroz, con judías, se escabecha o se sofríe con un pisto. Pisto, pisto, gorgorito…
El mayor enemigo de la perdiz roja (también de la gris y de la naranja) es el cazador: esa persona que fuma siempre negro, que dice me cagüen tal. El cazador que, escondido en su puesto de caza que ha pagado con una tarjeta de crédito, espera. Espera a que la inocente presa, con la cabeza alta, con pasitos cortos, se aproxime inconscientemente a su reclamo. Y cuando esté a menos de veinte metros, mareada por el olor a bocadillo de tortilla, que la mujer del cazador ha envuelto en papel de periódico, puuuun -nunca sé si pun es con ene o con eme- (Para este trabajo los cazadores se valen de un macho enjaulado que en vez de avisar a la perdiz roja del evidente peligro se callan los muy traidores. Sobra decir que el macho enjaulado tiene que ser de perdiz, no vale que sea un periquito macho, un loro macho o un tucán. Macho, qué no te enteras).
Así que, por culpa de los cazadores, cada vez hay menos perdices rojas, hasta el punto que sólo queda una familia de perdices rojas: papá y mamá perdiz roja. Y, claro, los perros de caza están que se muerden las uñas intentando correr detrás de las perdices rojas y estas que no aparecen. Pero ¿cómo quieren que afloren? Están asustadas. No se atreven a salir por miedo a los cazadores de buena puntería. No, hombre no. Dejemos que la perdiz roja haga su vida, que vea, tranquila, la televisión. “Gran Baila”, “Mira quien hermano” y esas cosas. Que espere su época de celo. Que tenga descendencia. Y que de aquí a unos miles de años toda España, Aragón incluido, se llene de perdices rojas. Y que los niños puedan sacar a su perdiz roja de paseo sin miedo a que aparezca un cazador y “puuuuuuum”, mate a la perdiz roja. Y si el cazador es corto de vista, al niño.

DANIEL DE LAGRANJA

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